Vaya por delante que no voy a a referirme
exclusivamente a esta o aquella Administración Educativa, sino a
todas ellas de manera indiferenciada. No se trata de culpabilizar a
unas u otras, sino de dejar constancia de una serie de actuaciones
que, en su conjunto, impiden un buen desarrollo de las propuestas
innovadoras en los centros. Sin embargo, debo señalar también que
el marco autonómico que conozco es el andaluz y es a él al que me
puedo referir con mayor conocimiento de causa.
Comencemos con la normativa, piedra
angular de las intervenciones de la Administración. La actual ley
educativa (LOMCE) es, en este sentido que nos ocupa, bastante
contradictoria. Por un lado, mantiene la idea de que el desarrollo de
las competencias clave es fundamental para la formación de
ciudadanos críticos y responsables; por otro, unos currículos que
no terminan de aligerarse de contenidos son la mayor dificultad para
una formación que persiga la adquisición de dichas competencias. Lo
mismo ocurre cuando se hace una apuesta metodológica por el ABP y
otras metodologías activas a la vez que se mantiene la división
tradicional en materias y asignaturas que dificulta paradójicamente
la transdisciplinariedad necesaria para realizar proyectos de
trabajo. Otra contradicción es que los detalladísimos estándares
de aprendizaje evaluables y las evaluaciones finales de ESO y
Bachillerato, acaso sin proponérselo, condicionan en la práctica
toda la labor educativa durante los cursos implicados.
Causa perplejidad el hecho de que se sigan
autorizando libros de texto cuya propuesta metodológica
sigue, en muchos casos, anclada en el pasado, tanto científica como
pedagógicamente. A veces, con pequeñas modificaciones, hasta se
nos vuelve a vender un libro con quince o veinte años a sus
espaldas. La discusión sobre la conveniencia de usar o no los libros
de texto, en papel o digitales, sigue muy presente en los centros
educativos. Pero eso no es todo: la decisión de algunas
administraciones regionales de subvencionar estos libros de texto
hace un flaco favor a los proyectos innovadores. En la práctica, la
gratuidad de los libros de texto supone el espaldarazo oficial a la
metodología tradicional y dificulta la labor de quienes prescinden
de ellos para aportar otro tipo de materiales.
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Crédito de la imagen |
Este gasto (una opción de la Administración
en tiempos de recortes) no sería tan hiriente si no se relacionara
con el retraso inexplicable (incluso retroceso) que está sufriendo
la extensión del empleo de las nuevas tecnologías en la
educación. Tras la apuesta del plan Escuela TIC 2.0 (ya finiquitado
sin haber sido evaluado convenientemente), no ha habido un
planteamiento integral de este aspecto. Los centros que supieron
sacar partido de los miniportátiles que se repartieron se encuentran
ahora obligados a retroceder varios años en lo que ya se había
alcanzado, incluso abocados a prácticas pre-tecnológicas (el
programa de gratuidad permite adquirir libros digitales, pero no los
dispositivos para hacerlos funcionar). No ha habido un deseo de
mantener en esta línea ni siquiera a los centros punteros en el uso
de la tecnología con fines educativos. El recurso a la filosofía
BYOD (Bring Your Own Device), aunque atractivo, presenta
muchas carencias y choca con el temor al ciberbullying o la
adicción a las nuevas tecnologías y al continuo debate sobre los
móviles en los centros escolares. Sin embargo, desterrar las nuevas
tecnologías de la escuela tiene como primera consecuencia que
tampoco podremos educar sobre un uso responsable de las mismas.
Otro caso sangrante es el de los centros de
nueva creación (muy pocos, por otro lado, en este tiempo de
crisis). Para abrir estos centros la administración selecciona una
Dirección que pueda garantizar la apuesta por los planes punteros de
la respectiva Consejería de Educación: bilingüismo, inclusión,
lectura y biblioteca, plan de calidad, etc. Se permite que el
director o directora incorpore discrecionalmente en los primeros años
a una parte del profesorado, que se encargará de poner en
funcionamiento dichos planes. Pero este profesorado tiene un
recorrido muy corto y es sustituido precipitadamente por personal
procedente del concurso de traslados, en el que prima la antigüedad
por encima de otras consideraciones. Así, por poner un ejemplo, los
centros que apuestan por las TIC se pueden poblar de objetores
tecnológicos, los programas en marcha y con un buen funcionamiento
constatado se abandonan y se llega a destruir una buena parte del
trabajo bien hecho. Además, si las necesidades de escolarización
así lo recomiendan, el crecimiento exponencial del alumnado del
centro (y, en consecuencia, del profesorado) se convierte en una
bomba de relojería que hay que desactivar cada nuevo curso escolar
para que no se lleve por delante lo conseguido con tanto esfuerzo.
Ya que mencionamos el concurso de traslados,
también la colocación provisional de efectivos puede suponer un
freno a la innovación educativa. La extensión este curso escolar de
los criterios para la concesión de las comisiones de servicio (el
conocido como “concursillo”) ha provocado un mayor volumen
de desplazamientos entre centros educativos, de modo que aquellos más
alejados de las capitales se han despoblado prácticamente de
personal definitivo (quedando en suspenso muchas de las iniciativas
puestas en marcha en años anteriores), mientras que los más
cercanos a los núcleos de población se han nutrido de personal que,
en muchas ocasiones, no desarrolla un sentimiento de vinculación al
centro. La sensación de “estar de paso” en un puesto de trabajo
no es la más adecuada para involucrarse en su continuidad y mejora,
sino que se traduce más en una preocupación por la situación
personal por encima del proyecto común. Con unas plantillas tan
cambiantes en los centros difícilmente se pueden poner en marcha y
adquirir continuidad proyectos de innovación y mejora educativa.
Sigamos con el profesorado. El sistema de
acceso tampoco se preocupa prácticamente de
seleccionar en función de perfiles innovadores de los y las
aspirantes. Ni la formación de los tribunales, ni los programas de
la fase de oposición, ni los criterios aplicables a las distintas
pruebas garantizan que las personas seleccionadas, una vez en sus
puestos de trabajo, vayan a resultar profesionales innovadores. La
Administración parece más preocupada por la limpieza y objetividad
del procedimiento (aspecto, por otro lado, loable) que por la calidad
del profesorado que se selecciona. Tampoco durante la fase de
prácticas se cuidan estos aspectos (más allá de lo meramente
formal) ni, supongo, se tendrían en consideración en un hipotético
MIR educativo.
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Crédito de la imagen |
Los cursos de formación del profesorado
(incluso la formación en centros) certifican una serie de horas sin
comprobar que esa formación haya supuesto algún tipo de variación
en la práctica docente. La misma formación inicial (el MAES) se ha
cedido a las Universidades, quienes tienen potestad para decidir
desde fuera de la escuela lo que esta necesita, programar los
distintos módulos en abstracto y considerar el Prácticum como un
“desagradable contratiempo” que hay que tolerar. En este sentido,
la decisión de no remunerar a los tutores profesionales de la fase
de prácticas (libremente aceptada por la Administración educativa,
que no ha puesto reparos en ceder sus instalaciones y su personal a
coste cero) supone una apuesta por apartar a los centros públicos de
este proceso formativo y sustituirlos por los de titularidad privada.
La prometida red de centros innovadores y profesionales de
contrastada calidad, que debía liderar esta formación en los
centros, aún no ha tenido tiempo de elaborarse
¡Ah, sí! ¡Se me olvidaba! También se apoya
conscientemente la innovación educativa y los intentos de mejora de
la calidad de los aprendizajes. Tanto el Ministerio de Educación
como las distintas Consejerías convocan anualmente premios a la
innovación educativa y difunden los proyectos ganadores. Y está
la oferta de los Centros de Profesorado, muy adelgazada
últimamente, y la formación on line . Y las
actuaciones de la Inspección Educativa, que, según las
características del centro, lo mismo expedienta al profesor o
profesora que se atreve a innovar que hace mención a la especial
calidad de este profesorado.
Tras todas estas actuaciones, ¿podemos
considerar que la innovación educativa es una prioridad de la
Administración? Yo diría que no. El esperado pacto por la Educación
puede ser la última oportunidad de empezar a cambiar las cosas en
este sentido.
Felicidades por la entrada. Un saludo
ResponderEliminar¡Muchas gracias!
EliminarCompletamente atinado, Nacho.
ResponderEliminarChapeau, Nacho!!!
ResponderEliminarDe acuerdo en muchas cosas. Principalmente en que nos ha tocado la mala suerte de una época en la que se ha negado un pacto por la educación con el que se hubieran sacado Leyes "más educativas" y más justas. Estamos pagando la irresponsabilidad política (de algunos) de no darle importancia a la educación y utilizarla como arma política.
ResponderEliminarY dentro de todo, me alegro de ser docente en Andalucía y no de otro territorio de España donde todo está mucho peor.
Gracias, compañeros. Veo que no se trataba solo de sensaciones mías sino que las comparte mucha gente. Lo mejor es que siempre están a tiempo de cambiar esta situación y que contarían con cada vez más profesionales dispuestos a colaborar.
ResponderEliminarEnhorabuena Nacho, una entrada clara y contundente; por cierto a los profes de primaria "NUNCA" se les ha pagado un céntimo por ser tutor de prácticas:! el voluntarismo qué malo es para la Educación!! Seguimos
ResponderEliminarUn abrazo
Gracias, Miguel. En el fondo, saben que no es una cuestión de dinero: ni lo haremos peor sin cobrar, ni vosotros mejor cobrando. Pero molesta que no confiesen los motivos.
EliminarUn abrazo.
Con toda la razón del mundo. Un abrazo
ResponderEliminarHola Nacho.
ResponderEliminarExcelente entrada. El programa se llamaba ESCUELA.2.0. Sin TIC, en el nombre, aunque, como dices, ha sido el último proyecto global de integración de las TIC en educación.
Un saludo
Antonio Pérez Sanz